A casi tres décadas del cierre de la Empresa Nacional del Carbón (Enacar), la cuenca carbonífera del Biobío vuelve lentamente a instalarse en el debate.
Esta vez, el foco está puesto en Curanilahue, comuna donde la actividad minera aún resiste y donde un nuevo proyecto industrial ligado al carbón activado abre expectativas sobre una posible reactivación productiva para una zona históricamente marcada por el mineral negro.
El anuncio de una inversión cercana a los US$10 millones por parte de la empresa BioActivo para desarrollar una planta de carbón activado en Curanilahue ha sido recibido con esperanza por trabajadores y dirigentes mineros de la provincia de Arauco.
La iniciativa busca transformar carbón mineral de la cuenca en productos de alto valor agregado, utilizados en procesos de purificación de agua, filtración de aire, tratamiento de residuos y aplicaciones medioambientales. Pero más allá del componente industrial y tecnológico, el proyecto vuelve a poner sobre la mesa una discusión que parecía cerrada desde fines de los años noventa: el futuro del carbón en la Región del Biobío y el impacto social que dejó el abrupto cierre de las minas en Lota.
La herida abierta de Lota En Lota, el cierre de Enacar en abril de 1997 marcó el término de una era que durante más de un siglo definió la identidad económica y cultural de la ciudad. Las consecuencias sociales del fin de la actividad minera todavía permanecen en la memoria colectiva de miles de familias que dependían directa o indirectamente del carbón.
Jorge Salgado, presidente del Frente Amplio de Trabajadores del Carbón y ex minero de Enacar, recuerda que los primeros despidos comenzaron incluso antes del cierre oficial de las minas. Él fue uno de los 97 trabajadores desvinculados en 1996, situación que detonó una serie de movilizaciones y protestas en defensa de los empleos.








